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Issue 3

Creative Nonfiction

Susana Chavez-Silverman

Arañita Cobriza Fantasy Crónica


  30 de noviembre, 2007
  Inland Imperio de Califas
  For Wim “OomBata” Lindeque

  Te pedí que eligieras un lugar en el mundo, un lugar ideal para transportarme, transportarnos. Si fuera un mundo ilimitado, I’d have asked you to just drive, straight through to Joshua Tree. Amo el desierto;
aprendí last year que you do too. Pero como el mundo siempre quiere invadir nuestros secret gardens, con sus clausuras, we had a time limit, after all.

  With you, time always flows y se detiene a la vez. It brushes over me, casi imperceptible, cual ala de gran ave protector; it whirls around me, vórtice, vertiginous yet transfixing.

Me dijiste que you wouldn’t know where to take me. Pero it was you who said, how about el Jardín Botánico? You did know where to take me, after all. Exactly. (How did you know?)

  Caminamos. Sentimos el olor de las native-to-the-southwest plantas: la salvia. My homecoming scent. The soft dryness of mimosa-powdery dust bajo los eucaliptos y pinos. En vano buscamos las palmeras. You had promised to take me there. Pero, ¿las buscamos, realmente? ¿Qué buscamos? I think maybe we were just looking to get lost. Como en esa Chet Baker song.

  En un momento bien Hansel y Gretel, vi un banquito bajo la sombra de unos pinos gigantescos. This place felt different, mucho más northern Califas. It was at the end of a gravel path, sheltered, secreto. El banco era weird. It was sweetly curved; it cupped our nalgas, enveloped us, nos acurrucó. Creo que hablamos de Sudáfrica. De la infancia y nuestros libros, sueños, miedos. Estuvimos en silencio and it was cloudlike. Caían las hojas, soft as feathers en la leve brisa invernal. Woodpeckers and doves made their sounds, industriosos o sosegantes. A lo lejos, una sierra. Strangely, no nos invadía. Llegó a ser como una manta.

  Sentí intensamente tu presencia, como antes, the pressure of your body on mine. Macizo. Warm. Sentí el pulso en mi garganta. Me sentí a la vez flotante y anclada.

  Con los brazos entrelazados, my bare forearm resting ever so lightly across your thighs, me observaste de repente una minúscula araña en la mano. You know about me and bears. ¿Te había contado alguna vez de las arañas? They don’t frighten me at all; me intrigan.

  El tiempo se detuvo entonces, en un surprising, hypnotic lull. Esa teensy copper-red spider, like a pinprick of blood, traced her path, allegorically, over our outstretched, yearning, interlaced fingers, palms, wrists. Nuestros dedos seguían, tentatively, deseantes, su caminito.

  Luego caminamos de nuevo, overtaken by hunger, conscientes del tiempo. Pausamos, close to a rough-hewn gate looking into a ranch, viendo pasar vehículos que yo te recordaba eran como los safari guide jeeps, for game spotting. Quise imaginar que we were back in Africa. We stood there for a while y era romántico, old West-ish, bien cowboy-like. That dusty North American panorama, el viento frío en la piel, frío a pesar del sol. Leaning on that fence y mirándonos de reojo. Out of the corner of my eye mirarte as you lounged, felino, sólo un flash of skin entre tus lowslung Levis y el Tshirt.

  Hubo esto y mucho más. Hubo la parte por ejemplo, still huddled
together, en ese banco, cuando te comencé a contar, haltingly, con los ojos cerrados a veces para mejor recordar (para esquivar sólo un poco—I confess—la dizzyingly close intensidad de tu gaze), fragmentos de un sueño.

  Pero contarte ese y otros sueños es otro encuentro, otra crónica. A desert drive, quizás. For now, me quedo con esa arañita.